Otorguemos a la salud mental la importancia que merece

RosalvaTodos4 Comments

¿Qué te evoca pensar en la salud mental?

Estoy segura que la respuesta de la gran mayoría es ausencia de enfermedad mental, de hecho me dejaría cortar el dedo de un pie con un post it amarillo fluorescente a que es así. Solemos pensar que las personas que no tienen buena salud mental son personas desequilibradas que pueden perder el control y cometer actos de «locura », porque sí, seamos honestos con nosotros mismos, la mayoría pensamos que están «locos», lo que ha contribuido a crear una estigmatización hacia ellas.

En los últimos años parece que ha habido una proliferación de personas que han sido etiquetadas en alguno o algunos de los trastornos mentales, entre los que se incluyen:

  • Trastornos depresivos. Afectan a más de 300 millones de personas en el mundo. Un 4,4 % de la población total.
  • Trastornos de ansiedad. Afectan a un 3,6% de la población mundial.
  • Trastorno bipolar el cual afecta a 60 millones de personas.
  • Esquizofrenia y otras psicosis a 21 millones de personas.
  • Demencia a 47,5 millones de personas.
  • Trastornos del desarrollo como el autismo.

Las consecuencias de padecer estos «trastornos» son, entre otros, incapacidad temporal o total, mayor prevalencia a padecer otras patologías como enfermedades cardiovasculares o diabetes, mayor prevalencia de mortalidad, así como mayor impacto económico, tanto a nivel personal y familiar como mundial, el cual se estima que será de unos US$ 16,3 billones entre 2011 y 2030.

¿Cómo es posible que haya mayor incidencia de estos trastornos si cada vez tenemos mayor bienestar y mejores tratamientos psicofarmacológicos y psicológicos?

Héctor González Pardo y Marino Pérez Álvarez, en su libro La invención de los trastornos mentales, plantean que «la naturaleza y el tratamiento de los trastornos mentales no son entidades naturales de base biológica, sino entidades de carácter histórico y social, más sujetos a los vaivenes de la vida que a desequilibrios de la neuroquímica». Creen que existe una mayor tendencia a psicopatologizar situaciones o problemas de la vida cotidiana, al igual que a medicalizarlas, en el que tiene mucho que ver la industria farmacéutica.

«En la práctica clínica con base en la medicación no se escucha al paciente, o mejor, a la persona, sino al fármaco». «La persona ha asumido el papel de paciente, víctima de desequilibrios neuroquímicos, herencia genética o traumas. El fármaco funciona a la vez como diagnóstico y tratamiento».

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De ahí que ahora tengamos síndrome postvacacional los días siguientes a llegar a un trabajo que poco nos importa cuando nos hemos pegado unas vacaciones de p… madre; que los niños que son niños— curiosos, exploradores e inquietos — tengan TDHA y haya que darles anfetaminas; que cuando estamos tristes porque se nos acaba de morir un familiar y nos queramos transformar en una avestruz y pasarnos todo el día llorando con la cabeza bajo tierra, padezcamos depresión y que, para evitar expulsar esas lágrimas nos tomemos un algo; o que cuando tengamos ataques de pánico nos den una pastillita en vez de ayudarnos a descubrir por qué los sufrimos y enseñarnos a lidiar con ellos. No digo que en algunos casos de los ejemplos citados no sea necesario medicar, pero seguramente no tanto como se hace en la realidad.

Entonces, ¿qué es la salud mental?

Según la Organización Mundial de la Salud, la salud mental es parte integral de la salud y el bienestar y la define como «un estado de bienestar en el que el individuo se da cuenta de sus propias capacidades, puede hacer frente a las tensiones normales de la vida, puede trabajar de manera productiva y fructífera, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad» es decir, no es solo la ausencia de enfermedad mental.

Así mismo menciona que los determinantes de la salud mental incluyen características individuales de autoconocimiento como la capacidad para gestionar nuestros pensamientos, emociones, comportamientos e interacciones con los demás, al igual que factores sociales, culturales, económicos, políticos y ambientales. Y esto se consigue gracias a la inteligencia emocional.

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Daniel Goleman, en su libro Inteligencia Emocional, describe dos clases generales de inteligencia, la racional y la emocional, siendo la armonización de ambas la llave para el bienestar y la salud mental.

El problema está en que la inteligencia racional y, principalmente la académica, ha sido predominante en nuestra sociedad. Es esa que te enseñan en el cole, está medida por el cociente intelectual y no tiene en cuenta el amplio abanico de habilidades que son más decisivas para la vida.

Desde pequeños nos han enseñado a bloquear nuestras emociones, a no hacerles caso, a relegarlas a un segundo plano. Lo hacemos cuando le decimos a un niño que no llore en vez de ponernos a su altura — me refiero a la física — y explicarle que probablemente esté cansado y por eso reacciona de esa manera, de tal forma que, desde pequeño le ayudemos a identificar qué le ocurre para que él sepa hacerlo por sí mismo en el futuro. Lo hacemos cuando miramos de manera desaprobatoria en la calle a ese pa-madre cuyo hijo tiene una «perreta», porque consideramos que tiene un hijo malcriado, nos está molestando, simplemente porque está llorando; un niño que no sabe identificar ni gestionar qué está sintiendo — quizá sea sueño o hambre — y que por ello reacciona de esa forma, siendo nosotros los adultos los responsables de enseñarle. Lo hacemos cuando le decimos a nuestro amigo que no se preocupe cuando tiene una situación complicada — a pesar de que esté viviendo una situación que sea para preocuparse — . Lo hacemos cuando nos ponemos la máscara de la felicidad y no nos mostramos tal y como nos sentimos. Lo hacemos cuando nos negamos a emocionarnos y a sentir.

Vivimos en el mundo de Mr. Wonderful, del positivismo y del optimismo, donde todo es absolutamente maravilloso. Donde tenemos que sonreír y ser felices siempre. Donde cagamos arco iris y vomitamos purpurina, cual unicornio.

No se trata de experimentar únicamente las — mal llamadas — emociones positivas como tampoco las negativas.

La salud mental es uno de los vértices del triángulo de la salud y, desde mi punto de vista, el más crítico. Si una persona es saludable mentalmente, es más probable que lo sea también físicamente y con el entorno que le rodea.

Triángulo de la salud

Si no nos conocemos a nosotros mismos, ¿cómo vamos a ser personas saludables? ¿cómo vamos a ser felices?

10 de Octubre Día Mundial de la Salud Mental.

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Comentarios

4 Comments on “Otorguemos a la salud mental la importancia que merece”

  1. Hola Rosalva, buen artículo.
    Creo que la atención sanitaria se ha despersonalizado. En el actual sistema sanitario burocrático, ya sea público o privado, se ha deshumanizado bastante la atención. La persona es un número en un expediente, y los papeles mandan sobre las personas y su situación. Hay buenos médicos y sanitarios, pero también hay malos, como en todo supongo. La comunicación no es lo fuerte de la medicina, normalmente se pronuncian escuetas palabras y sin derecho a réplica. Las listas de espera y el misterio de su funcionamiento otro enigma por resolver. El “limbo sanitario” existe porque se trabaja de forma descoordinada. Lo peor de todo es que en el “limbo sanitario” uno no sabe dónde está y no puede ir a ningún departamento porque se encuentra en el “limbo sanitario”, nadie sabe nada (si eso ya le llamarán, usted espere a que le llamen pronto¿?).
    El tapón de la atención primaria para el tratamiento por especialistas deja mucho que desear. Así es difícil hacer medicina preventiva.
    El estrés actual por la falta de conciliación y tiempo, son males que acechan a la sociedad actual, especialmente en España que todavía se trabaja en mayoritariamente a jornadas partidas que abarcan prácticamente todo el día. La crisis económica, la temporalidad laboral y el alto desempleo (que afecta crónicamente siempre a los mismos) no ayudan al bienestar mental. El entorno VUCA, volátil, incierto, complejo y ambiguo en el que vivimos no ayuda a disfrutar de una vida plena.
    Cito algunos libros que pueden ayudar a entender la sociedad y elegir alternativas diferentes a la dinámica actual.
    Esclavos del tiempo – Judy Wajcman
    Educar con inteligencia emocional – Maurice J. Elias y otros
    Ni rabietas ni conflictos (Si tienes hijos pequeños) – Rosa José
    Escuelas creativas – Ken Robinson
    Mindset – Carol Dweck
    Inteligencia Emocional – Daniel Golemen

    Saludos

    1. Hola Nacho,

      ¡Muchas gracias por tu comentario! Estoy totalmente de acuerdo contigo, la atención sanitaria está más centrada en los datos, en los diagnósticos, -en los aspectos técnicos y burocráticos, en general- que en el trato humanizado al usuario del servicio de salud. Y estoy un poco preocupada en cómo se va a desarrollar en el futuro, ya en la última reunión del Comité Económico Social y Europeo de la UE, los expertos vaticinaron que en 5-10 años la tecnología realizará los diagnósticos y el papel principal del personal sanitario será el de cuidar la relación con el usuario. Espero que llegado ese momento hayamos dado un paso adelante en la humanización del servicio de salud.

      Como bien dices la situación de vida actual: el estrés, el desempleo, la insatisfacción, el problema con la conciliación laboral… todo ello constituye una bomba para la salud mental y, por ende, a la física y a la social. Afortunada y desgraciadamente -sí, ambas- he vivido en mi propia piel las consecuencias de ello. Por eso me parece tan importante que aprendemos a conocernos a nosotros mismos, a identificar y gestionar lo que sentimos y pensamos, a conocer quiénes somos y qué es lo que queremos. Creo que es la clave del bienestar, para la “felicidad” y para la salud.

      Gracias por todos los libros que me has recomendado. Algunos ya los he leído (en concreto el de Inteligencia Emocional de Daniel Goleman me encanta), pero el resto me los apunto para ponerme a ello.

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