Nunca alimentes al Gremlin después de medianoche y jamás lo mojes

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos2 Comments

Te podrás imaginar que convivir durante quince años con un tigre atacándome varias veces al día, no habrá sido fácil. Desconocer qué me sucedía o cómo solucionarlo empeoraba la situación. No siempre se hacía notar de la misma forma sino que tenía varios grados de intensidad: a veces estaba corriendo hacia mí con sus fieros colmillos y sus garras fuera; otras, nos mirábamos el uno al otro, quietos, desafiándonos; en ocasiones sentía que estaba presente pero no podía verlo; y algunas no lo estaba pero sabía que aparecería en cualquier momento.

Recuerdo que al principio intenté contarle a todo el mundo lo que me sucedía: a mi familia, a mis amigos y a mis profesores. Tenía miedo de lo que me pasaba y creía que quizá alguien tendría una respuesta o, al menos, me sentiría más protegida al compartirlo con otros, pero no fue así. Lamentablemente hay un estigma con respecto a este tipo de trastornos e incluso, personas que piensan que por ir a un psicólogo estás «loca», pero nada más lejos de la realidad, a lo mejor la más cuerda era yo. Así que comencé a notar rechazo y distanciamiento de la mayoría de las personas a las que se lo confiaba, y esto hizo que comenzara a encerrarme en mí misma.

Durante los primeros años sólo compartía lo que me sucedía con mis padres, mi hermana, mi novio y el profesional de turno. A mis padres y a mi hermana intentaba contarles lo mínimo posible, sabía que estaban preocupados por mí y no quería seguir alimentando ese sentimiento. Así que Ardiel, mi chico, se convirtió en mi TODO. Era la persona con la que compartía todos esos miedos y estar con él me hacía sentir a salvo. Era mi lugar seguro en el mundo y, esto me creó una dependencia hacia él.

En esos periodos en los que estaba on fire me daba pánico estar sola y casi no salía de casa, más que para cumplir con las «obligaciones». El resto del tiempo lo pasaba tumbada para paliar las sensaciones de malestar que me acompañaban y por el agotamiento físico y mental al que estaba sometido mi cuerpo debido a la batalla que estaba librando. Esto hizo que el círculo de seguridad cada vez se hiciese más pequeño y que, acabara huyendo y evitando las situaciones que las originaban.

Muchas veces, debido a la frecuencia e intensidad de las sensaciones, tuve tal convencimiento de que me iba a morir, que cuando me despedía de alguien lo abrazaba de manera más intensa de lo normal porque creía que no lo volvería a ver. Puede que suene muuuuy exagerado, y de hecho, lo es, pero sólo las personas que hayan tenido ataques de pánico podrán entenderlo.

Todo ello me hizo vivir en alerta de manera permanente, a todas horas. Había épocas, que podían prolongarse meses, en las que la intensidad era bastante alta, llegando a tener más de diez ataques de pánico al día, mientras que otras, podía tener uno diario o incluso estar varios sin él, hasta que volvían a aparecer. Por esta razón, llegué a pensar que sólo tenía dos estados emocionales y que todas ellas — mis emociones, sensaciones o sentimientos — se podían englobar en dos cajones: o «con ansiedad» o «bien». Esto dio lugar a que cometiera un grave error: comencé a etiquetarme como «Rosalva la ansiosa» o «Rosalva la mala leche».

«Rosalva la ansiosa» porque durante toda mi vida adulta había tenido ansiedad y ya no recordaba lo que era estar sin ella. Había crecido y madurado en torno a ese felino y todas las acciones de mi vida estaban marcadas por él.

Y «Rosalva la mala leche»… En serio, imagina que estás en medio de la selva y ves un tigre, ¿cómo actúas? Tu cerebro ancestral ha evolucionado para saber que es un animal potencialmente peligroso porque te puede matar, por lo que tu mente asocia esa situación, un estímulo, y genera la respuesta del miedo. Todo tu cuerpo se pone en alerta para garantizar su supervivencia: aumenta la frecuencia cardíaca y la frecuencia respiratoria para prepararte para luchar o huir, tus pupilas se dilatan para aumentar el campo de visión, lo que a veces puedes interpretar como que te sientes inestable o con sensación de mareos, tu cuerpo se tensa para que corras, entre otras, pero, y ¿qué pasa cuando ese tigre no es real? ¿Cuando sucede estando sentada en una terraza con tus amigos o tu familia? Pues que tu cuerpo sufre esas mismas sensaciones pero que no están justificadas porque no hay ningún peligro real.

Esto daba lugar a que tuviese un nivel de irritabilidad muy alto de manera constante y, provocaba que el Gremlin hiciera acto de presencia. El Gremlin era ese «ser» que estaba en mi interior y que hacía que, en determinadas situaciones, comenzara a crecer hasta salir escopeteado y que acabara contestando a otros de manera borde y desagradable. Tengo carácter y a veces me enfado, y en esos momentos, a veces, también soy desagradable — como un ser humano más — pero, eso no significa que sea «Rosalva la mala leche». Esa «mala leche» formaba parte de la relación Rosalva-tigre.

Y así, con los ingredientes de la introversión, el miedo, la frustración, el enfado y la irritabilidad, hacía unos cócteles perfectos para que me costara relacionarme con los demás y sentirme incapaz de disfrutar del momento. Mi mente sólo estaba prestando atención a las señales de peligro y posibles lugares por los que huir en caso de ser necesario. Haciendo parecer a los demás tímida o borde, porque mi comunicación no verbal era de tensión.

Cada vez que el tigre regresaba e intensificaba su presencia, me hundía un poco más en un pozo que parecía no tener fondo, pero nunca, jamás, perdí la esperanza de desterrarlo de mi vida. Y creo que esa ha sido una de las claves de que ahora haya aprendido a identificar y a gestionar esas sensaciones, pensamientos o situaciones que daban lugar a ellos: mi resiliencia.

A día de hoy puedo decir que el Gremlin cada vez sale menos, que soy capaz de estar presente en conversaciones con otros, interviniendo y sintiendo sorpresa por mis ocurrencias o acciones, y siendo consciente de que no se trata de estar siempre «bien» sino de vivir y hacer caso a las emociones «desagradables» cuando surjan — que lo harán, porque soy humana — , porque me están dando una información valiosa acerca de que, «algo», debe ser gestionado.

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2 Comments on “Nunca alimentes al Gremlin después de medianoche y jamás lo mojes”

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