Mi camino hacia la felicidad

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos0 Comments

Ayer, 20 de marzo, fue el Día Internacional de la Felicidad y puse en práctica uno de mis hobbies preferidos: pensar. Sí, pensar en cosas trascendentales. En cuál es mi opinión sobre un tema. Visualizar cómo haría algo determinado o identificar qué cosas puedo hacer o deshacer para mejorar.

Así que comencé a reflexionar sobre la felicidad y el hecho de que la Organización de las Naciones Unidas, hubiese creado un día para resaltar la importancia de ésta y del bienestar como metas universales.

La primera vez que profundicé en este concepto, fue en la asignatura de filosofía de Bachillerato, cuando estudié a Aristóteles. Él argumentaba que la felicidad es el fin último del ser humano. En ese momento para mí tuvo todo el sentido del mundo, y desarrollé una definición propia de la misma que nada tiene que ver con la actual.

Creía que la felicidad era una meta que algún día alcanzaría. Un estado permanente y subjetivo. Pensaba que algún día me llegaría, como por arte de magia. Y, a medida que pasaba el tiempo, la veía más lejana, como si fuese un espejismo. Me decía a mí misma cosas como:

“Cuando termine la carrera seré feliz”

“Cuando consiga un trabajo estable, lo seré”

“Cuando viaje de mochilera por el mundo, entonces sí seré feliz”

Siempre la posponía. Pensaba que dependía de condiciones externas y que en algún momento la alcanzaría. Y, a medida que iba cumpliendo esas metas que me había auto-impuesto para conseguir la felicidad, seguía sin sentirla.

En ese momento estaba viviendo la época de Mis Quince Años de Oscuridad. Años en los convivía permanentemente con un tigre al que no veía, pero sabía que estaba al acecho, vigilándome. Años en los que tenía un nivel de ansiedad perpetuo que no me permitían estar bien conmigo misma y, por ende, con los demás.

Fue una época en la que tuve mucho miedo, frustración, impotencia y tristeza. Época en la que entendí, que mi fin último era estar y sentirme bien.

Así que, cuando los demás me preguntaban que si yo era feliz, algo dentro de mí se rompía. Sentía que se abría un abismo.

¿Cómo le respondía esa pregunta a alguien a quien quiero sin hacerle daño? ¿Cómo decirle que no, que no podía ser feliz, porque mi mente no paraba de luchar contra un tigre invisible? ¿Cómo decirle que sentía tanto miedo recorriendo mis venas que la felicidad se había convertido en una quimera? ¿Cómo le hacía entender que nada de eso era culpa suya, ni mía, que yo quería, pero no sabía ni podía?

Así que le sonreía y le decía que sí. Le mentía para evitar que sufriera o se sintiera culpable. Mientras, no paraba de pensar en que algún día lo conseguiría. En que algún día podría estar bien y ser feliz. Aunque a veces, en lo más profundo de mi ser, se asomaba la duda y pensaba que mi lucha nunca acabaría, y que jamás sería capaz de alcanzarla.

Por suerte soy empecinada, perseverante y en ningún momento dejé de luchar por sentirme de esa forma que tanto deseaba.

Hace dos años, por fin encontré a la persona que me dijo que tenía que encontrar al tigre y enfrentarme a él. Y, además, me ayudó a conocerme. Con ella descubrí cuáles eran mis creencias irracionales. Me enseñó a desterrar los pensamientos negativos y, a identificar y gestionar mis emociones.

Tras meses de mucho trabajo y esfuerzo, empecé a experimentar una sensación de libertad y poder que no sabía expresar con palabras. Me sentía y estaba bien, aunque a veces experimentase situaciones desagradables o no placenteras. Incluso en esos momentos, las identificaba, las gestionaba, las aceptaba y me seguía sintiendo así. ¿Eso era la felicidad?

“Es el sentimiento de que el poder crece, de que una resistencia ha sido superada”. Friedrich Nietzsche (1844–1900)

Paralelamente, un amigo consultor de negocios se ofreció a mentorizar un proyecto en el que estaba y me vio tan perdida y hambrienta de querer mejorar y sentirme bien, que compartió conmigo parte de su conocimiento y varias herramientas que para mí han sido oro puro. Gracias a él profundicé en mi auto-conocimiento. Conseguí identificar mis valores, mis habilidades, mis fortalezas y mis debilidades. Pude ponerle nombre a mis pasiones y mis intereses. Descubrí cómo pienso, cómo actúo, cómo aprendo y cómo soy.

Y por si fuera poco me mostró el camino para conocer cuál era la meta y el propósito de mi vida.

Así que puedo decir, que para mí la felicidad no es lo que era. No es una mera emoción, ni una quimera. No es un espejismo ni algo que me tenga que llegar del cielo.

Para mí la felicidad es una palabra que se queda corta a lo que siento. No es placer, con el que se suele confundir, porque no depende del tiempo, del objeto, ni del lugar. Éste se consume a sí mismo a medida que se experimenta. Para mí, la felicidad es wellbeing o bien ser o bienestar en español.

Es un estado de satisfacción personal y no meramente una sensación de placer. Es un estado que subyace al resto de los estados emocionales, por lo que puedo estar triste o frustrada, pero a la vez estar experimentando bienestar. Porque no depende de estímulos externos o de un momento en particular, sino de la capacidad que poseo para identificar y gestionar mis propias emociones, pensamientos o creencias. Es saber quién soy y qué es lo que quiero. Es actuar conforme a mis valores y principios.

Comprendí que eso era exactamente lo que había estado buscando toda mi vida. Descubrí que por fin lo había conseguido. Entendí que la felicidad era wellbeing o bienestar. Que no dependía de estímulos externos. Que estaba en mí. En el aquí y en el ahora. En el presente.

“La felicidad depende de nosotros mismos” Aristóteles (384 a.C. — 322 a.C.)

Y para ti, ¿qué es la felicidad?