La gran fortuna que carece de ceros en la cuenta bancaria

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos2 Comments

Tengo una gran fortuna, y no se mide en los ceros que hay en mi cuenta bancaria ni en mis pertenencias. Tampoco tengo muy claro cuál sería la unidad que podría utilizar para medirla.

Esta mañana, como casi todas, me senté en un lugar de la casa a escuchar música mientras dejaba vagar mi mente, algo que se puede englobar dentro del concepto de meditación. Después de ello, siempre dedico unos minutos a pensar en lo afortunada que soy. Por todo y por nada. Es un ejercicio que me ayuda a tener presentes muchas cosas que a menudo me pasan desapercibidas, y que, cuando soy consciente de ellas, dan lugar a sentimientos maravillosos en donde suelo dejar atrás muchos lastres.

En esos momentos, me doy cuenta de que:

Soy afortunada porque he nacido en esta época y en el «Primer Mundo». En un lugar, al que llaman El paraíso o Las afortunadas, donde no hay guerra ni violencia y donde vivo libre. En una isla en medio del Atlántico donde no hace ni mucho calor ni mucho frío y donde puedo disfrutar del sol durante la mayor parte del año, de la playa y del mar, pero también de la montaña y la vegetación.

Porque un perfecto óvulo de mi madre fue fecundado por un perfecto espermatozoide de mi padre. Y lo hizo justo en ese momento, en ese día y a esa hora, porque si hubiese sido un segundo después, yo, no sería yo.

Lo soy, porque estuve a punto de morir durante el parto y gracias a una cesárea de urgencia que le hicieron a mi madre, cuya enorme cicatriz da fe de ello, llegué a este mundo.

Por el amor incondicional de mis padres, siempre. Porque me han dado lo mejor que sus posibilidades les permitían, y tres o cuatro poquitos más. Por sus noches en vela preocupados por mí. Porque me han protegido como si fuesen leones y yo su cachorro, y me han apoyado y tratado de entender aunque no comprendiesen mis motivos. Porque han querido que sea feliz por encima de todas las cosas, y han antepuesto mi bienestar al suyo propio.

Porque decidieron tener otro hijo cuando tenía cuatro años y fue la mejor hermana que pudiese haber imaginado. Mi Chuchi. Mi mana. Mi lindo caracolillo. Mi compañera de vida. La mejor cantante del mundo. La que me acompañaba a hacer las coreografías que me inventaba. La que me seguía tanto a todas partes, que acabó enrollando sus pequeños pies en un cable y se hizo una herida sangrante en la frente. La que hacía que los almuerzos después del colegio fueran desternillantes, con atragantamientos y millos incluidos. La que siempre me ha dado abrazos mágicos, ha tenido palabras de aliento y me ha dado la mano para consolarme. La que tiene un corazón tan noble que es una de las mejores personas que conozco.

Soy increíblemente afortunada por haber estado el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar que mi marido. De la increíble conexión que tenemos y de la familia que hemos formado junto a nuestras bichinas peludas. Una familia que va de amor y hacerse felices. Porque me ha elegido para ser la persona con la que compartir su bien más preciado, su vida, y por querer que envejezcamos juntos.

Por anteponerme a sus deseos y necesidades, querer mi bienestar y felicidad por encima de todo lo demás y buscar la forma de solucionar los problemas, juntos. Por su amor y apoyo incondicional. Por limpiar mis lágrimas y reír conmigo. Por sus abrazos, mi lugar preferido en el mundo. Por darme la mano y caminar juntos a través de mi senda espinosa, sosteniéndome para que no me cayese y dándome el impulso para levantarme cada vez que lo hacía.

Lo soy, por todo lo bueno y lo malo que nos ha pasado y todas las situaciones emocionantes que hemos vivido juntos. El viaje. Eagle. Lo que ello nos ha nutrido. Y todo lo que tenemos planeado que está por llegar.

Soy afortunada por todas y cada una de las personas que han estado en mi vida alguna vez, por la huella que han dejado en ella. Mi familia y su familia. Mis compañeros, desde el colegio, a la universidad y el trabajo. Los desconocidos y los conocidos. Los amigos. Los que llegaron, los que se fueron, los que se quedaron, los que están por llegar y los que son familia.

Por la relación que tuve con mi padrino, y los recuerdos que me quedan de él. Como cuando me pintaba relojes en la muñeca con su pluma, cada vez que iba a visitarlo a su oficina y que a mi madre no le gustaba que hiciera, o cuando me hacía cosquillas en la barriga hasta quedarme sin resuello. Su adoración a la tortilla que hace mi madre — ¿y quién no, mamá?

Porque pude conocer a tres de mis abuelos. Disfrutar de los besos característicos de mi abuela materna y el olor a crema de mi abuela paterna. Del cariño de mi madrina y su familia, quienes cuidaron de mi hermana y de mí cuando mis padres no pudieron hacerlo, al igual que esa amiga de mi madre, que no es sólo su amiga. Porque mis padres me enseñaron que hay amigos que son familia, y lo he constatado en muchos tíos, tías, primos y primas con los que no comparto carga genética, pero sí historias y amor.

Lo soy, porque he vivido en la oscuridad la mitad de mi vida, por todo lo bueno y lo malo que me ha dado esa etapa, y porque hace poco más de un año, empecé a ver la luz. Por ella y por él. Porque ha aumentado el nivel de conocimiento que tengo sobre mí misma y lo que me rodea. Por haber empezado a aceptarme y quererme — aunque a veces se me olvida — , y por tener la oportunidad de estar haciendo lo que estoy haciendo. Por saber qué quiero y cómo lo quiero.

Soy afortunada porque siempre he tenido acceso a todos los servicios de salud, a las vacunas y a las medicinas que he necesitado. He sido una persona relativamente sana y nunca he estado hospitalizada y, a pesar de que cuando era pequeña tuve un problema cardíaco y una escoliosis bastante heavy por las que estuvieron a punto de operarme, finalmente nunca lo hicieron. Pero también, porque si lo hubiese necesitado, podría haber optado a ello de manera segura y fiable.

Porque siempre he tenido un techo bajo el que dormir, caliente y segura. Comida con la que alimentarme, incluso en exceso. Agua limpia para beber por la que no tengo que ir a buscar al pueblo de al lado tras caminar varios kilómetros, y agua caliente para ducharme que aparece con sólo mover una llave.

Por tener un hogar que es un remanso de paz, un oasis en medio del desierto. Porque siempre he tenido más cosas de las que he necesitado: ropa, juguetes, una bici muy mona rosa con una cestita blanca, y muchos colores con los que dibujar y pintar. Acceso a la educación, a los libros y al material escolar que necesitaba. Por haber aprendido a nadar casi antes que a caminar y porque mis padres fomentaron la danza y la música en mi infancia.

Lo soy, porque he estudiado lo que quería y he podido trabajar de ello, siendo testigo del nacimiento y de la muerte de personas. Por haber ayudado y aliviado el sufrimiento de otros. Por haber sido empática y compasiva con ellos. Porque he «odiado» mi profesión y me he vuelto a reconciliar con ella. Y porque todo ello, junto a mi experiencia en la oscuridad, ha forjado la visión que tengo sobre la salud. Por mis sueños, ideas y proyectos.

Soy increíblemente afortunada y doy gracias por ello. Por todo y por nada.

Y tú, ¿lo eres?

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2 Comments on “La gran fortuna que carece de ceros en la cuenta bancaria”

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