El reencuentro con el exoesqueleto langostil

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos1 Comment

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Hace poco más de un año, estando en la consulta de la psicóloga, le conté muy emocionada, sonriendo, con lágrimas en los ojos, la piel de gallina y con gallos en la voz, lo que había experimentado durante las últimas semanas que no nos habíamos visto. Le dije que un día cualquiera había tenido como una especie de «revelación» mientras estaba sentada en el balcón mirando el cambio de colores en el cielo que se produce durante el atardecer. Estaba pensando que me había enfrentado a uno de mis peores miedos y que las sensaciones que había vivido tenían una intensidad casi normal, como la de cualquier persona, que no las había evitado y ni había huido. Y entonces, ocurrió un mágico momento: sentí que por fin era libre porque me di cuenta de que podía hacer lo que quisiese. Que daba igual el qué, que lo importante era cómo yo lo gestionaba, que había aprendido a hacerlo. Sentí que por fin tenía el poder.

Como colofón a esa sesión, me dijo algo que intuí porque llevaba varias semanas preparando el terreno:

«Rosalva, esta es la última consulta. Ya estás bien. Ahora te toca a ti. Te toca vivir»

Ese «te toca vivir» me hizo ser consciente de que en los últimos años no lo había hecho. Respiraba y me latía el corazón, pero simplemente sobrevivía. Era una autómata luchando contra mis miedos, un día tras otro, y sí, a veces disfrutando o al menos intentándolo.

El cúmulo de sensaciones que estaba sintiendo en ese preciso momento, podían englobarse en: la emoción y excitación por entender que por fin lo había conseguido, y en el miedo de empezar a caminar sola y dudar de ser capaz de hacerlo.

Salí del despacho de la psicóloga y me dispuse a caminar por un largo pasillo. Lo hacía con una sonrisa contenida, temblorosa y con sensación de mareos, tensa. Estaba deseando cruzar el umbral de esa puerta y por una vez no lo hacía porque estuviese huyendo. No era un día como cualquier otro. Sabía que desde el momento en el que la puerta acristalada se abriese y mi pie tocase el otro lado sería como una langosta que acaba de cambiar su exoesqueleto. Durante el último año había estado creciendo y mi viejo caparazón se estaba quedando pequeño, así que esa coraza se había ido desprendiendo de mi carne poco a poco, mientras se creaba otra adherida a mi piel, y en ese instante estaba dejando la vieja en ese edificio.

Nada más bajar los últimos escalones de la entrada, saqué el móvil y, con las manos y la voz temblorosa, llamé a mi marido. Aunque estaba trabajando, necesitaba compartir ese hecho importante con él. Sabía que no lo iba a molestar. Y no me equivocaba, al sentir su sonrisa y felicidad por mí y por nosotros a través de su voz, me emocioné. Si en ese momento alguien me estaba mirando, debía estar disfrutando de un tremendo show: sonriendo, llorando y riendo mientras sorbía mocos.

Tenía ganas de gritar a los cuatro vientos mi súper hito. Llamé a mis padres, a mi hermana y a mis amigas. Le mandé audios y mensajes a varias personas más. Los veinte minutos de caminata de regreso a casa nunca se me habían hecho tan cortos. Me dolía la cara de sonreír y las mejillas me quemaban de limpiar las lágrimas que surcaban mi cara. Sus palabras de cariño y alegría por mí, hicieron que sintiera que en mi corazón ya no cabía más amor.

Durante los meses siguientes pude comprobar que como las langostas, mi nuevo exoesqueleto aún era blando y tenía que fortalecerse. Que no podía pretender haberme desprendido del anterior y que el nuevo fuese resistente. Era algo que también me había dicho la psicóloga durante ese último día:

«Rosalva, tienes que aprender a dejar de ser paciente. Abandonar ese rol que has tenido durante tanto tiempo. Tienes que darte cuenta de que tienes las herramientas para hacer esto sola. De que estás bien y que no tienes ansiedad»

Y me estaba costando mucho. ¡Vaya si me costaba! Tenía instalado el chip de que era paciente, de que tenía un trastorno y de que siempre lo iba a tener. Tenía una etiqueta más grande que yo misma — así que tampoco lo era tanto— , en la que ponía que yo era una paciente y/o una persona ansiosa.

A pesar de que habíamos estado trabajando la modificación de determinadas palabras y asociaciones para empezar a desvincularme de ellas, en ciertas ocasiones sigo haciéndolo. Y sé el por qué, ella me lo había explicado muchas veces y la terapia se fundamentó principalmente en eso: en cambiar la estructura de pensamiento que había desarrollado a lo largo de toda mi vida, confrontar las creencias irracionales y poner en modo off los estímulos condicionados que había creado, asociando emociones con situaciones o pensamientos y a la inversa.

Las primeras semanas e incluso meses sentía la imperiosa necesidad de hablar con ella, para que me aclarara dudas, para que me dijera si estaba haciendo las cosas bien o no. Tenía un miedo horrible — e irracional, pero entendible — a olvidarme de todo lo que había aprendido, a no actuar de manera correcta, a que se me acabara yendo de las manos. Me preocupaba transitar sola por la vida, sin que me asesorara, caer en el cuadrado de la calavera negra del juego de la oca y tener que volver a la casilla de salida.

A medida que pasaba el tiempo esa sensación fue disminuyendo porque iba ganando confianza en mí misma. Me iba dando cuenta de que a pesar de todo eso, iba gestionando de manera satisfactoria lo que me iba sucediendo, unas veces más rápido que otras, algunas empezando a notar la presencia del tigre pero logrando identificar por qué había aparecido y empleando las herramientas que tocaban. Pero aun así, ese miedo siempre está ahí. Supongo que hasta cierto punto es normal, porque no quiero volver a sufrir como lo hice. Y ahí está el problema: a veces continúo pensando que sigo siendo paciente, que el tigre se fue de vacaciones o que está enfrentándose a otra persona pero que va a volver, que siempre voy a tener esto y ser así. Etiquetándome de nuevo. Cómo si la ansiedad fuese una característica de mi personalidad.

Hola soy Rosalva, mido 1.57, tengo los ojos marrones y soy ansiosa.

Las últimas semanas o incluso meses siento que hay algo que no estoy haciendo bien, porque he empezado a experimentar sensaciones de malestar. Creo saber qué es y no es ansiedad. No lo es porque no tengo miedo, ni huyo o evito. Aunque a veces me entren dudas y piense que sí.

A pesar de ello no me gusta. He intentado gestionar la situación yo sola pero no he podido. Esa ha sido la razón por la que hace unos días le envié un mensaje a la psicóloga diciéndole que quería tener una nueva cita con ella. No tenía la imperiosa necesidad de ir, como me sucedía antes, pero sí soy consciente de que tengo que aprender a solucionar esto que siento y que me pasa y por otro lado tengo miedo de que mis peores sospechas se confirmen. Ésas que pensé hace algunos meses, en las que creía que siempre iba a tener ansiedad.

Mientras caminaba hacia su despacho, sentía que mis pies cada vez pesaban más y que a cada paso, el esfuerzo por continuar se incrementaba. Porque aunque sienta que esto es lo que tengo que hacer, no quiero. No quiero estar aquí, ni tener que enfrentarme a lo que quiera que sea de nuevo, no quiero volver a ser paciente, si es que alguna vez durante este año he dejado de sentirme así, que lo dudo.

Justo cuando se abrieron las puertas automáticas, inspiré todo el aire que pude del exterior, como si esa bocanada me ayudara a soportar lo que estaba por llegar. Me dirigí a recepción y le dije a la persona que allí había que tenía cita con Pepita. Mi voz no era mi voz. Las palabras salían de mi boca pero el sonido era ronco, casi inaudible. Mi cuerpo estaba tenso y mi mirada carecía de vida, tal y como me sentía antes de.

Así que aquí estoy ahora, en la misma sala de espera de este edificio que deseaba no pisar nunca más, donde dejé mi exoesqueleto langostil hace un año. Quizá haya un almacén donde guardan los de todas las personas que hacen la muda aquí, como yo, y estén reservados allí durante un tiempo prudencial para ver cómo evoluciona la persona, antes de desecharlo completamente.

Mientras espero, escucho la lista de reproducción de John Mayer, cuya música me da chutes de buen rollo, a ver si se mitiga un poco lo que siento. Estoy nerviosa, preocupada y enfadada, y necesito que la música me calme y me distraiga.

El tiempo pasa lento pero rápido. Quiero irme ya pero no quiero entrar. Quiero y no quiero saber lo que me sucede. Quiero solucionarlo pero me da miedo volver a lo de antes, el agotador proceso.

La música es interrumpida por una llamada interna que le hacen al recepcionista. He estado aquí demasiadas veces y sé que significa que es mi turno. Y así es. Me mira y me dice que el paciente anterior ha salido y que puedo entrar. Pongo el móvil en modo silencio y lo guardo. Empiezo a caminar de nuevo por ese largo pasillo, que se me hace muy corto. Llego a la puerta y lleno mis pulmones de aire, de energía, de valor. Nos miramos y ambas decimos lo mismo «No puedo decir que me alegre de verte. Aquí no»

Cierro la puerta, me siento en la silla del otro lado de la mesa. Cruzo las piernas y me agarro al borde del asiento. Cojo aire y los sonidos empiezan a viajar desde mis labios a sus oídos.

To be continued…