El ataque de un tigre llamado pánico

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos3 Comments

Estoy aquí. Allí. En cualquier lugar.

Estoy sola. Acompañada. Da igual.

Mi cuerpo comienza a tensarse. Empiezo a notarlo en la mandíbula. Aprieto tanto los dientes que me duelen. Mis narinas se abren. Mis labios y mi ceño están fruncidos.

Tengo las manos y los brazos contraídos fuertemente. Mis hombros pueden tocar mis orejas si quisieran.

Siento que mis piernas flaquean y aumento la tensión en los músculos de la parte inferior de mi cuerpo. Me siento inestable.

Noto que mis brazos y mis piernas han sido invadidas por un ejército de hormigas. ¿Qué me está pasando?

Mis ojos están completamente abiertos, casi saliéndose de sus órbitas. Miro hacia todos lados. No sé qué me pasa. Empiezo a ver borroso, parpadeo e intento enfocar de nuevo. Nada. Cierro de nuevo los ojos, esta vez más fuerte, y vuelvo a abrirlos pero sigo sin ver bien. Parece que estoy mareada.

Mis músculos se tensan más. Busco algo a lo que agarrarme. No lo encuentro. Mis pies pisan fuertemente el suelo. Tengo que evitar caerme.

Siento que el color se ha ido de mi cuerpo. No me veo, pero sé que estoy pálida. Lo siento.

Siento frío, pero también calor. Estoy sudando un montón. Me centro en mis manos: están húmedas, las tengo frías, pero a la vez están cálidas.

Comienzo a notar una sensación extraña en la garganta. Tengo la boca seca, me cuesta tragar y parece que he estado corriendo durante los últimos treinta minutos. Me arde.

Mi respiración es más rápido de lo normal. Más profunda. Siento que me falta el aliento y trato de que entre la mayor cantidad posible de aire.

Siento una opresión en la boca del estómago y me duele el pecho. ¿Estaré teniendo un infarto?

No oigo muy bien, parece que estoy a punto de irme a otra realidad. Parece que me voy a desmayar. Lo único que escucho es mi corazón, latiendo fuerte y rápido.

Mis ojos siguen viendo borroso. Vuelvo a abrirlos y cerrarlos con la esperanza de conseguir enfocar. Pero sigo sin poder.

Mis músculos continúan contraídos hasta el punto del dolor. Siento que estoy paralizada pero mis pensamientos y mi organismo van a mil por hora.

¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy así? Siento que algo muy grave me va a suceder. Me siento nerviosa. Intranquila. ¿Me voy a desmayar? ¿Estaré teniendo un infarto? ¿Me voy a morir?

Madre mía… Tengo miedo. ¡Muchísimo miedo!

Tengo que salir de aquí. Tengo que correr muy rápido y muy lejos. Tengo que buscar un lugar donde me sienta mejor.

Necesito moverme. No puedo quedarme parada, tengo que caminar, ponerme en movimiento. Muevo mis manos, me toco el pelo. Las bajo. Las vuelvo a mover y me toco la cara.

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De repente tomo algo de consciencia y cierro los ojos por un momento y empiezo a respirar hondo. No existe ningún problema real por el que reaccione así. Sólo ha sido una crisis de pánico. Una de las miles que habré tenido durante estos últimos quince años.

Este ha sido fuerte e intenso. Repentino. Y, aunque sienta que ha durado una eternidad, sólo han pasado unos minutos.

Estoy aquí. Allí. En cualquier lugar.

Estoy sola. Acompañada. Da igual.

No quiero que nadie lo sepa. ¿Se habrá dado cuenta alguien de lo que me ha pasado? ¿Y si me desmayo? ¿Y si pierdo el control? Tengo miedo de que esto suceda porque van a pensar que estoy “loca” y me van a llevar al hospital. Allí me internarán y me medicarán. Tengo que huir, tengo que salir de aquí y correr lo más rápido que pueda, hasta encontrar un lugar donde me sienta segura. Pero, ¿y cuál es ese lugar?

Necesito estar bien. Necesito sentirme bien.

Tengo los ojos llenos de lágrimas. Trago con dificultad. No puedo llorar. La gente se daría cuenta de que me pasa algo. Pero tampoco puedo huir. Sé que me tengo que quedar aquí y afrontar la situación. Pero el miedo es mayor y me digo que no pasa nada por irme, que nadie lo sabrá y que sólo será por esta vez.

Pero yo lo sabré. No puedo hacerlo. No puedo huir. Yo soy fuerte. Yo puedo. Coñ%, ¡yo puedo!

Sí, ¡yo puedo! Y si no quiero que esto me siga sucediendo el resto de mi vida, tengo que quedarme y enfrentarme a ello. Aprender a gestionarlo. Es sólo un ataque de pánico. Una lucha con un tigre que no existe. No es real. Es irracional porque no hay ningún peligro.

Vuelvo a respirar profundamente. Todo va a pasar. En breve me sentiré mejor. Así. Bien, vale. Mucho mejor. Lo estoy haciendo bien. Todo va a salir bien.

Mi respiración empieza a normalizarse. Mis latidos se enlentecen. La opresión en el pecho se reduce y el ardor de la garganta comienza a remitir.

Vuelvo a escuchar bien y mi visión se reestablece.

Siento como poco a poco el color va volviendo a mi cara. El calor a mi piel. Sigo sudada pero los poros disminuyen su excreción.

Mi cuerpo va destensándose poco a poco. Me duelen los músculos y siento cansancio, como si hubiese estado corriendo durante mucho tiempo. Las piernas dejan de flaquearme. Los labios, el ceño y la zona de los ojos comienzan a relajarse.

Aumenta mi nivel de confianza. “Bien Rosalva, ¿ves como sí que eras capaz? ¿ves que podías conseguirlo? Así. Bien. Continúa. “The show must go on””