Descosiendo la sombra que llevo fijada a mis pies

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos1 Comment

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Ha pasado algo más de un año desde que acabó la época del principio del fin de la oscuridad. Ha sido una etapa que ha tenido varias fases y si tuviese que usar solamente una palabra para definirla, diría que ha sido «rara» — sí, rara, rara, rara.

Dejar de ser paciente

DEJAR-DE-SER-PACIENTE. Sólo cuatro palabras que han estado presentes todos los días durante este año. Fue la frase que me dijo la psicóloga el último día de consulta, cuando me explicó que terminaba nuestra relación psicóloga-paciente y que tenía que aprender a dejar de sentir dependencia por el rol que ella representaba.

¿Y qué significan? Pues que, a pesar de que ya no tengo ansiedad, en numerosas ocasiones sigo asumiendo el rol de paciente. Sé que ya estoy bien, lo he podido comprobar, pero es como si no lo llegase a interiorizar del todo. Es como si siempre existiese una sombra que llevo cosida a mis pies, tal y como Wendy hizo con la de Peter cuando se le escapó — sí, estoy refiriéndome a Peter Pan — .

Muchas veces cuando se produce una situación en la que antes me hubiese sentido mal — sobre todo las que no se dan con demasiada asiduidad — me transformo en un escarabajo pelotero, dándole vueltas una y otra vez, al hecho de que «como antes reaccionaba de una determinada manera y ahora no lo hago, me siento rara», es decir «como antes me rayaba y ahora no me rayo, me rayo porque no me rayo». Sí, lo sé, es para reírse. Yo también lo he hecho, no te preocupes.

Si me paro a pensarlo, tiene sentido, porque llevo muchos años funcionando de una manera determinada y, aunque haya modificado mi estructura de pensamiento, es como si a veces el recuerdo de llevar a cabo alguna acción o pensamiento, me coloque en la postura cognitiva del «antes de». Te pongo un ejemplo: imagina que ha cambiado la manera de encender las luces, ya no hay que darle a un interruptor sino que se hace dando tres palmadas y un salto al aire. A pesar de que se ha realizado una campaña informativa brutal y sepas que se ha modificado la forma en la que se realiza la acción, muchas veces seguirás buscando el interruptor para encender la luz, porque aunque sepas que ya no se hace así, ¡tu mente ha interiorizado esa forma de proceder durante muchísimos años! … Pues eso.

Otro aspecto relativo a dejar de ser paciente y que durante los primeros meses me aterraba, es el miedo al cubo. El miedo al miedo al miedo, es decir, tenía miedo de volver a tener ansiedad. Había pasado el último año en terapia y, ante cualquier situación o duda que me surgiese, podía acudir a la psicóloga para aclararlas, ahora no. Ahora tenía que empezar a caminar sola y tener confianza en que todo lo que había aprendido iba a saber ponerlo en práctica para no volver a vivir esa situación. Pero demasiadas veces dudaba de mí misma y de que esto se fuese a producir. Eso me preocupaba ¡claro! Lo había pasado terriblemente mal y no quería, por nada del mundo, volver a vivir esa situación.

Todo ello tiene sentido, porque tenía demasiada experiencia en creer que la terapia había finalizado, pero solo era una más dentro del periplo (link.) En cualquier caso, soy consciente de que esta vez el proceder ha sido completamente diferente, porque en esta ocasión he modificado la estructura de mis pensamientos, casi ná.

Conocimiento de mí misma

Para mí, esto ha sido lo más importante de este último año. Hasta ese momento mi mente no tenía espacio para pensar en mucho más que no fuese en sobrevivir y batallar contra el tigre. Por lo que una vez éste desapareció de mi vida, mi mente tenía tiempo para pensar en un millón de cosas y plantearme otro millón más.

Entendí que a lo largo de mi vida siempre había buscado sentirme bien y tener salud desde el punto de vista del cuerpo, de la mente y del entorno. Porque durante los últimos quince años, había podido comprobar que si una de ellas no estaba bien — en mi caso, la mental — el resto iba a verse afectado.

Estos dos últimos años me han ayudado a tener una idea bastante clara de: quién y cómo soy, de qué es lo que quiero conseguir y cómo me gustaría que fuese, a qué quiero dedicar mi tiempo, por qué quiero hacerlo y estoy experimentando el cómo. Algo así como un puzzle donde las piezas están empezando a encajar y que me permiten hacer más lo que quiero y menos lo que debo. Aún no está completo, pero soy consciente de que nunca lo va a estar, porque a lo largo del camino algunas piezas tendré que quitarlas para dejar espacio a otras, y quizá algunas no las encuentre nunca.

He descubierto a la Rosalva que había debajo de toda esa mierda y, aunque hay cosas de mí que no me gustan — como a todos — , estoy aprendiendo a aceptarme y quererme. A tratarme a mí misma con el cariño y el amor que me merezco. Porque como representan las viñetas de Sarah Joy Shockey «Tú eres el único que está aquí»

Mi experiencia durante mis quince años de oscuridad ha dado lugar a mi concepto sobre la felicidad o el bienestar, entendiéndolo como un estado de satisfacción personal y no meramente una sensación de placer. Lo que subyace al resto de los estados emocionales, por lo que puedo experimentar emociones que metemos en el saco de las negativas — aunque no lo sean — pero a la vez sentirme bien. Porque no depende de estímulos externos o de un momento en particular, sino de la capacidad que poseo para identificar y gestionar mis propias emociones, mis pensamientos o creencias. Es saber quién soy y qué es lo que quiero. Es actuar conforme a mis valores y principios.

Empoderamiento

Como con el dilema del huevo y la gallina, no sé qué fue antes, si el conocimiento de mí misma o el empoderamiento, en cualquier caso creo que uno ha alimentado al otro.

A medida que pasaban los meses iba aumentando la confianza que tenía en que todo había cambiado y empecé a ser consciente de que estaba identificando y gestionando mis emociones, pensamientos y creencias de manera satisfactoria. ¡Mi principal objetivo se había cumplido!

Muchas veces me sorprendían — para bien — sensaciones, pensamientos, emociones, la forma en la que interactuaba con otros o experimentaba situaciones, porque no eran las mismas que antes de.

Por primera vez me sentí libre, pudiendo hacer cosas que nunca antes había podido y eso me dio sensación de poder. Sentía que era capaz de hacer cualquier cosa. Había pasado de aterrarme el estar en casa sola, a querer comerme el mundo. A pesar de ello en muchas ocasiones, me volví a sentir rara, porque todo era igual, pero yo era diferente; y sé que es algo que no sólo me sucedía a mí, sino también a otras personas de mi entorno, entre ellos, a Ardiel. Porque descolocaba que siguiese siendo la misma pero a la vez no y que, ante numerosas situaciones, no actuara de la manera esperada. Lo que no solo hizo que yo tuviera que conocer a una nueva Rosalva, sino que los demás se vieron «obligados» a ello también.

Periodo de ajuste

Todo lo que sube, baja, ¿no? Pues en este caso, sí. Del empoderamiento que sentí durante la etapa anterior, viví algunas situaciones que me hicieron descender hasta estamparme contra el suelo. Momentos que hicieron tambalear los cimientos que había estado construyendo con tanto esfuerzo y volví a la fase de dejar de ser paciente.

Me está costando un poco interiorizarlo — porque saberlo, sí que lo sé — , pero todo esto no es más que un proceso de ajuste. Este año no ha sido otra cosa más que un periodo en el que me estoy acostumbrando a una nueva forma de vivir, de pensar y de actuar. A una nueva Rosalva. Donde a veces se confronta la que era antes con la que soy ahora hasta producirse un cortocircuito. Soy como una langosta que ha mudado su exoesqueleto y tiene que acostumbrarse al nuevo.


Un año después de salir por «última» vez de aquella consulta, momento en el que puse el marcador a cero para comenzar a vivir, para renacer, me he dado cuenta de que tengo que dar las gracias por todo lo que me ha pasado, lo bueno y lo malo, porque eso es justamente lo que me ha convertido en la persona que soy ahora, con sus cosas mejores y peores — como todos — , pero yo, en definitiva. Alguien que se siente increíblemente afortunada, por todo y por nada, por la vida y por tener a su alrededor a tanta gente que la quiere y a la que quiere.