Cómo dar un primer paso hacia la felicidad

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Queremos tener el control de aquello que no podemos controlar. Pensamos que eso nos dará la felicidad. Sin embargo, no controlamos aquello que sí podemos. Y esto es lo que nos aleja de ella.

Queremos que en verano haga sol pero no demasiado calor y que en invierno llueva pero no tanto como para que llegue a resultarnos una molestia.

Que los aguacates estén maduros en el momento en el que nosotros deseamos comerlos.

Queremos que nuestra altura sea diferente y tener los ojos de otro color.

Controlar lo que piensen y digan los demás de nosotros.

Que las personas no sufran y que no haya guerras en el mundo.

Podemos influir y poner de nuestra parte en algunas de esas afirmaciones como: intentar mitigar los efectos del cambio climático, ponernos tacones para parecer más altos o tener un comportamiento específico que haga que los demás tengan una determinada percepción de nosotros mismos.

Pero la mayor parte de lo externo a nosotros se escapa de nuestro dominio, –al menos por ahora, no sabemos hasta dónde puede llegar la ciencia y la tecnología en un futuro.

En cambio sí podemos controlar cómo todo eso nos afecta. Siendo conscientes de ello. Practicando inteligencia emocional.

Practicando.

Porque es una práctica. Es un hábito. Es la consecución de intentarlo un día tras otro. No es un don divino ni un interruptor al que darle para de pronto ver la luz. Algunas personas pueden tener mayor predisposición natural o aprenderlo de manera más rápida, pero todos podemos cultivarla.

Hace más de dos mil doscientos años, Aristóteles, concluía que el fin último del ser humano era ser feliz, y que todo aquello que hacemos y los objetivos que nos ponemos -salud, belleza, dinero, poder- tiene valor solo porque esperamos que eso nos haga ser felices.

¿Ha cambiado algo desde ese entonces? ¿Sigue siendo nuestro fin como ser humanos ser felices? De hecho, ¿qué es la felicidad?

Creo que este concepto genera muchas controversias ya que no hay una definición consensuada.

Los diccionarios de Cambridge y Oxford la definen como la sensación de ser feliz y como el estado de ser feliz, respectivamente. Para el último, feliz es sentir o mostrar placer o alegría. Aunque también tiene otras acepciones como “afortunado y conveniente”.

Este paper lo define de la siguiente forma:

“La felicidad en su sentido amplio de la palabra es la etiqueta de una familia de estados emocionales agradables como la alegría, la diversión, la satisfacción, la gratificación, la euforia y el triunfo”

Según todo ello, la felicidad es una emoción, sinónimo de alegría o placer, por ello sería imposible que se mantuviera en el tiempo. Aunque esta otra definición engloba algo más, en esencia, se sigue catalogando de la misma forma:

“Estado de bienestar caracterizado por emociones que van desde estar contento hasta la alegría intensa”

¿Significa eso que es incompatible la tristeza y la felicidad? ¿Tampoco puede convivir con la frustración? ¿Con emociones que no son tan agradables?

Para la filosofía y algunas religiones, la felicidad es definida en términos de vivir una buena vida, o florecimiento, más que una simple emoción. De hecho la suelen equiparar con eudaimonia, el término del que hablaba Aristóteles hace más de dos mil años como “vivir bien y hacerlo bien”.

El psicólogo Mihaly Csikzentmihalyi define la felicidad como una condición que debe ser preparada y cultivada, es decir, un hábito. Además añade que las personas que aprendan a controlar sus experiencias internas serán capaces de determinar la calidad de sus vidas, lo que constituye lo más cerca de lo que ninguno de nosotros puede estar de ser feliz.

Intentar controlar lo externo a nosotros para ser felices es un error y ponernos metas para serlo, también, porque a medida que esos objetivos se vayan consiguiendo, la frontera para llegar a ese estado se aleja, se difumina. No se puede buscar la felicidad.

En cambio si cultivamos nuestra conciencia –o awareness–, antes o después, lograremos alcanzar ese estado que constituye eso que todos los seres humanos queremos en última instancia: ser felices.

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