Conquistando el miedo

RosalvaMis Quince Años de Oscuridad, Todos2 Comments

Hay una frase de Nelson Mandela que Ardiel no ha parado de repetirme durante todos estos años y que se ha convertido en mi motor:

«Aprendí que el coraje no era la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es el que no siente miedo, sino el que lo conquista ».

En numerosas ocasiones, durante mis quince años de oscuridad, sentí que era una cobarde porque, ¿cómo iba a darme miedo estar sola en casa? Pero durante estos dos últimos años me he dado cuenta de que no lo era porque «ser valiente es conquistar el miedo», sea cual sea.

Y yo he sido valiente, ¡vaya si lo he sido! Durante los más de cinco mil cuatrocientos días que hay en quince años. Todas y cada una de las veces que no me he quedado escondida debajo del edredón rezando para que esto se me pasara lo antes posible y sin enfrentarme a ello.

Esta fortaleza la he tenido gracias a todas esas personas que me han apoyado, pero también por mi actitud. Porque nunca he querido dejar que la vida pasase sin más, escondiéndome o corriendo como un animal asustado ante la presencia del temible tigre. He querido vivirla de manera plena y llegar a sentirme bien, como cualquier otro ser humano más, y si para conseguirlo tenía que enfrentarme a mis fantasmas, lo iba a hacer, porque ése era el precio que tenía que pagar para ello.

Además de mi entorno y mi actitud, la música fue una parte muy importante de mi «salvación». Era algo así como una vía de escape. Desde muy pequeña me ha gustado bailar y cantar, solía pasarme horas en mi cuarto meneando el esqueleto y emitiendo graznidos por la boca y durante mis quince años de oscuridad continué haciéndolo. Era una forma de evadirme de mi realidad, de dejar de ser «Rosalva la ansiosa» durante unas horas, de darle un descanso a mi mente. Esos momentos eran mis «mini píldoras» de bienestar.

Y, por si fuera poco enfrentarme a los pequeños retos que suponían las actividades de la vida diaria mientras estaba siendo atacada por un tigre llamado pánico, — como quedarme sola en casa, salir a la calle, ir a comprar al supermercado y esperar en una fila a que llegase mi turno, u otros menos frecuentes como asistir a conciertos —  decidí vivir situaciones que ponían al felino en modo cazar a la presa, porque me va la marcha.

Estudiar y trabajar de enfermera

Elegí estudiar una profesión en la que se producen situaciones estresantes de por sí y que exigen un nivel de atención y concentración muy, muy alto. Y, a pesar de mi estado emocional, fui capaz de cumplir con ese nivel de exigencia en cada jornada laboral. Incluso, con la incertidumbre que produce la gestión de contratación de no saber cuándo iba a trabajar, con el móvil a todos lados como si fuese una adicta y en centros de trabajo diferentes con demasiada frecuencia.

Meses sabáticos

Además hice una de las cosas más «radicales» de mi vida: mi marido y yo dejamos el trabajo y la casa en la que vivíamos, guardamos nuestras pertenencias en cajas y nos tomamos unos meses sabáticos para viajar. Sólo conocíamos el primer destino, Nueva York. El resto lo iríamos decidiendo sobre la marcha, sin prisas, sin horarios y sin una planificación más allá de un par de días. No nos ataba nada, podíamos hacer lo que quisiéramos, dónde y cuando quisiéramos. Y, como podrás imaginar, para una persona con ataques de pánico, que necesita planificar cada minuto de su vida para que el tigre no se le presente sin avisar… supone un gran reto.

Para añadirle más emoción al asunto, desde hacía unos años pertenecíamos a couchsurfing, una plataforma web que ofrece a sus miembros la posibilidad de que alojen a viajeros, ser invitados en la casa de otras personas cuandote toque viajar a ti, conocer a otros miembros o asistir a eventos; en la que no hay intercambio monetario alguno. Con antelación habíamos alojado a varias personas en nuestra casa y nos había gustado tanto la experiencia — de viajar estando en casa —  que cuando planteamos el viaje teníamos claro que queríamos ser invitados en la casa de otras personas. Y no pudo ser más gratificante.

A pesar de que el último psicólogo al que había acudido me había dicho que iba a tener ansiedad durante toda mi vida, el balance general fue bueno, aunque hubo momentos de tensión que hicieron aflorar algunas sensaciones típicas de un ataque de pánico, pero con una intensidad leve o moderada.

Esta experiencia hizo que ganara confianza en mí misma porque había sido capaz de hacer muchas cosas que eran susceptibles de sufrir un ataque de ansiedad: vuelos de larga duración — ocho y once horas — , estar en Corea donde casi nadie hablaba ni inglés ni español y donde nos perdimos más de cuatro o cinco veces, alojarme en casas de desconocidos, conducir en la rotonda del Arco del Triunfo en París, estar en un metro lleno de gente, con mochila, maletas y abrigos en la mano, entre otros.

Yo, que hasta hacía un año no podía estar sola en casa sin que pareciera que estaba a punto de morir, ¿había hecho todo eso?

De la idea a la venta

Por último, otra de las experiencias dignas de mención, fue la creación de una empresa desde cero con varios socios. La idea del proyecto no tenía nada que ver con mi profesión anterior, enfermera, pero llevaba algunos años con una crisis profesional y cuando me propusieron formar parte de la empresa no me costó mucho tomar la decisión. No lo voy a negar, no fue fácil, y a menudo tenía que luchar contra las sensaciones que la incertidumbre me provocaban y los dolores de cabeza que se derivan de sacar adelante un proyecto así. De hecho, en uno de esos «dolores de cabeza», el tigre reapareció por última vez. Pero aprendí, infinito, y me alegro de todas las cosas que sucedieron, las buenas y las malas, porque eso dio lugar a una experiencia que no habría podido conseguir de otra forma, a lo que estoy haciendo ahora y lo que voy a hacer en el futuro, y por último pero no menos importante, a la última batalla Rosalva-tigre.


Así que sí, a pesar de mis fantasmas y mis ataques de pánico, durante mis quince años de oscuridad he sido valiente, porque me he enfrentado a mis miedos, reales o no, más o menos irracionales; y porque además he hecho cosas que no suelen ser muy «normales» o habituales y que más de uno ha tachado de «locura». Cada una de esas situaciones me ha hecho ganar confianza en mí misma, para seguir teniendo valor para hacer otras, para saber que soy capaz de hacer cualquier cosa que me proponga, para aumentar mi nivel de resiliencia, para ganarle pequeñas batallas al tigre y para, finalmente, conseguir salir vencedora en la duelo final.

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